La sociedad de los poetas muertos

La sociedad de los poetas muertos

lunes, 30 de julio de 2012

FINAL DE CUENTO... PARCIAL : ALUMNAS PROF. LENGUA Y LITERATURA

profesor, aula, el suyo, poco, feliz, estudiantes





ALUMNA:
SOFÍA PERALTA



Pasé toda la semana con esa pregunta dándome vueltas en la cabeza y tratando de inventar mil excusas para rechazarla. Mi objetivo era lograr armar un argumento que fuera lo bastante sólido como para que la directora no tuviera posibilidad alguna de convencerme ante mi evidente respuesta negativa. Entre los pretextos que se me ocurrían estaba el rendir las materias que me faltaban para recibirme ya que sin ellas no me sentía del todo cómodo y seguro en el aula, la necesidad de ayudar en el negocio familiar; etcétera, etcétera… Pero ninguna era fuertemente convincente.


Con esta situación ocupando casi todo el tiempo mi cabeza, me dirigí a un parque cercano a mi domicilio agobiado por este pensamiento a tratar de meditar con algo de paz proveniente de la naturaleza y poder captar las energías positivas de ese ambiente que, francamente, mal no me harían.


Una vez allí, vi lo último que me podría haber imaginado ver: en ese lugar estaban D’ Ambrosio y su “grupete” jugando al fútbol. Ante esta situación mi primera reacción (y única) fue esconderme y así poderlos observar desde algún sitio oculto para que ellos no se percataran de mi presencia. Esta actividad, sin saberlo yo hasta ese momento, iba a hacerme hacer el “click” que necesitaba para tomar mi decisión de aceptar o no la propuesta del reemplazo que me ofrecían hacer en la escuela.


La imagen que se presentaba ante mis ojos (de detective en ese momento) era muy distinta a la que recordaba y tenía bastante presente de lo que sucedía en clases en el colegio: los chicos reían y se divertían grupalmente; se veía que gozaban y disfrutaban realmente de lo que estaban haciendo.


En ese momento me di cuenta de que lo que ellos necesitaban para ser motivados a “aprender a conciencia” no les estaba siendo dado adecuadamente: la educación estaba funcionando como una abstracción aislada del contexto social, político, económico, cultural en el que ellos se encuentran inmersos, más aún el inglés como idioma extranjero que tan poca relación con su vida cotidiana le hallan. Esta situación estaba produciendo un desfasaje entre la demanda de los alumnos y lo que efectivamente brinda la institución educativa: no encontraban significación y utilidad alguna a los conocimientos allí impartidos ya que no podían ver los resultados inmediatos  que estos producían en sus vidas, no tenían relación alguna con las historias e intereses personales de cada uno.


Estaba tan emocionado con mis conclusiones y nuevas estrategias que se me habían ocurrido a raíz de esto que no me di cuenta de que los chicos me habían descubierto y de que me gritaban.


-¡Eh, profe! ¿Se prende a jugar con nosotros un picadito?


Inmediatamente comprendí que no podía desaprovechar semejante oportunidad y les respondí (también gritando).


-Sí, seguro. - Aunque al mirar mi ropa, me había arrepentido un poco ya que no contaba con la indumentaria adecuada para practicar ese deporte, pero enseguida me sumé al plantel sin perder más tiempo.


Esta ocasión sirvió para que entre risas y gritos nos divirtiéramos muchísimo y nos hiciéramos hasta “compinches” dada la situación.


Al finalizar el partido, los chicos me invitaron a tomar una gaseosa y charlamos un rato de cosas de la vida cotidiana, momento que aproveché para continuar con mi “estudio de campo”: a través de preguntas que les hacía sobre cualquier cosa, ellos me contestaban con su visión del mundo; con su miraba sobre las cosas. Me quedé asombrado y admirado con el grado de madurez y criticidad de sus respuestas, material que guardé celosamente en mi memoria para utilizarlo en las clases en la escuela ya que había que aprovecharlo al máximo para poder acercar y adaptar el mundo del conocimiento a sus necesidades de aprendizaje.


Luego de que nos despidiéramos en el parque muy amistosamente, regresé a mi casa  tan feliz y emocionado como hacía mucho tiempo que no lo estaba. Descansé muy bien: esa noche hasta dormí profundamente y no tuve la pesadilla en la que D’ Ambrosio me golpeaba.


Cuando me levanté al otro día, lo hice con entusiasmo, prendí la radio y otra vez sonaba el tema de Serrat. – Buen augurio - pensé. Desayuné rápido y salí hacia el colegio con una sonrisa.


Al cruzar la puerta de entrada, vi que estaba la directora, sonriente, esperándome. Se acercó rápidamente a mí y me preguntó:


-¿Y querido? ¿Cuál fue tu decisión?


-Acepto el reto le dije con mi cara rebosante de alegría.


Me había propuesto que una experiencia negativa no iba a marcar definitivamente mi verdadera vocación: SER DOCENTE CUESTE LO QUE CUESTE.


Después de todo un tropezón no es caída.



ALUMNA: MARÍA BRUNELA GRAZIOLI


     Pasaron los días. La respuesta en mi mente seguía siendo un “no”. En realidad pensaba muchas cosas: “no puedo volver a ese lugar”, “no debo”, “esos chicos no pueden pasarme por arriba”, “quiénes se creen que son”, “yo no voy a perder mi tiempo, mis energías, mis ganas de estar en la docencia, mi saber en adolescentes a los que no les importa nada”.


     Pensé que en esa escuela, con esos jóvenes desperdiciaba mi futuro, me sentía un inútil. No quería pasar el resto del año nervioso o llorando cada vez que salía de ese curso.
  


     Un día más. Esta vez medité de manera más positiva: eran mis primeros pasos en la docencia, esto serviría para ir adquiriendo experiencia. El próximo año aprendería en la práctica, ya no en una “guía del buen docente” que tantas veces leí en los libros. Nada de eso servía ya, aquí era diferente. Tendría la posibilidad de conocer más de la relación docente-alumno, de cómo lograr que los chicos aprendieran.  


      Entonces resuelto y con un suspiro superador concluí: “aprenderé a hacerme fuerte, a tener mayor capacidad de resistencia, a endurecerme. Me preocuparé por dar el programa completo del profesor titular y cobrar mi sueldo a fin de mes”.  


     Pensé en dejar de lado mi espíritu de diálogo e intercambio e imponerme, el que quería escuchar bien y el que no ya vería las consecuencias. Después de todo yo era el docente, yo tenía “la sartén por el mango”, yo decidía las notas, los llamados de atención a los padres, las amonestaciones. A esos jóvenes no les quedaría otra que estudiar, aprenderían a fuerza de castigo.


     Pensé en todo lo que había estudiado, en mis ilusiones por dar clases y de comunicar a otros lo que me apasionaba tanto. En mis años de estudiante imaginé tener frente a mí chicos que admiraran mi saber y, también, apasionados, se convirtiesen en grandes profesionales el día de mañana. Eso quería, era mi meta como maestro.


     ¡Qué lejos estaba ahora de eso!


           Llegó el último día de plazo; debía dar una respuesta y no dudé. Tomé el teléfono y pedí por la directora. 


     Mientras aguardaba del otro lado de la línea recordé mi primer día en la escuela como docente, las autoridades, la sala de profesores. La directora me propuso las horas pero no me preguntó cómo me había sentido, cómo era mi relación con los alumnos, si había podido dar los temas previamente establecidos por el profesor titular o si los chicos habían aprendido “algo”. En la sala de profesores solo me habían advertido de los adolescentes más difíciles y de la necesidad de “mano dura”. Eso era todo.


     A nadie le importaban los alumnos. Que esos jóvenes estaban tan solos como yo en la escuela. Me di cuenta de que ambos: maestro-alumno debemos dar sentido al rol de cada uno. Yo como docente debía recuperarlos, interesarlos, apasionarlos. Había que buscar el modo, probando, corrigiendo pero sobre todas las cosas, intentándolo cada día; no renunciando, no bajando los brazos.


     -¿Hola?


     -¿Señora directora? Soy el profesor Acosta. La llamo para comunicarle que puede contar conmigo para el año próximo en la cátedra de Inglés.


     -Me alegro por tu respuesta. Pero, ¿por qué te tomaste la semana?, ¿dudaste?, ¿es que acaso la docencia no es tu vocación? Recordá que sin el compromiso y el amor, no hay maestro que modifique su entorno y muestre proyectos de vida a nuestros niños y adolescentes. 


     Sabía que eran solo lindas palabras, formalidades. A la directora solo le importaban los papeles: los “proyectos pedagógicos” para cuando viniera la inspección del ministerio. Lo que sucede dentro del aula a nadie le interesa demasiado. Sabía que estaba solo y que debía hacer algo, era mi responsabilidad.


ALUMNA: MARIANELLA BONINO

 -¿Puedo contestar la semana que viene? – le dije.


Mi pregunta no fue, evidentemente, la respuesta que ella esperaba.


-Si usted lo considera necesario profesor – dijo, con cierto escepticismo y desconcierto – tiene hasta el lunes a primera hora.


Dio su sentencia y se fue.


Seguramente una docente con tantos años de ejercicio ya no recordaba cómo habían sido sus inicios en esta profesión o, tal vez, había tenido la fortuna de no toparse, en esos momentos, con especímenes como D’Ambrosio, que hubieran hecho entrar en pánico hasta al mismísimo Sócrates – pensé mientras la miraba marcharse- y por ello, no entiende cómo es que puedo dudar en aceptar una propuesta que, se supone, es la que todos los que se están iniciando esperan deseosos.


***


Al regresar a casa, caí en la cuenta de que tendría que definir mi futuro en tres días.


Setenta y dos horas que determinarían el curso de mi vida, algo de lo que hasta ese momento no había dudado nunca porque siempre supe que, más allá de todo, había algo en mi, algo innato, algo así como una voz interior que me decía que mi destino era enseñar. Pero, paradójicamente, unos meses enseñando habían enmudecido esa voz interior y todo lo que había sido certeza se convirtió en pura contradicción.


Pasé todo el viernes convencido de ser un necio que había desperdiciado años de su vida tratando de lograr ser y hacer algo para lo que no servía en absoluto.





Me llenaba de rabia darme cuenta que había vivido en una fantasía ingenua que me había encargado de construir detalladamente en mi interior, haciéndome creer a mí mismo que cada persona está “llamada a ser “y que es imposible eludir ese llamado porque es el que nos va a permitir realizarnos como seres íntegros, felices. Por lo visto - pensé furioso - yo tenía interferencia en la línea y atendí la llamada de otro.


Los profesores tienen “algo” un “algo” que definitivamente yo no tengo porque sino todos hubiesen desistido de esta profesión cuando pusieron el primer pie en un aula como la mía.


***


El sábado me levanté dispuesto a descifrar que era ese “algo” que me faltaba.


Lo primero que se me vino a la cabeza fueron las palabras de Felisa: “Hacete fama de hijo de puta y no vas a tener problemas”.


Será que para ser docente hay que ser hijo de puta – me cuestioné – tener la actitud de un guardia cárcel, la mentalidad fría de un torturador e ir sembrando el pánico en las aulas. ¿Habrá que ser el Freddy Krueger que destruye los sueños de los jóvenes y se convierte en su pesadilla recurrente?


Era una teoría un tanto extrema pero comenzó a parecerme efectiva.


Si yo me había esforzado hasta el cansancio por intentar entablar lazos con esos chicos, a los que me presenté como un compañero de camino del aprendizaje y no como dictador del conocimiento, a los que quise conocer y comprender y de los que solo recibí un carpetazo en la frente, sin dudas, estaba equivocado y ser un hijo de puta comenzó a parecerme una alternativa mucho más eficaz.


A la tarde pensé en que tal vez con ser el terror de las aulas no era suficiente.


 Recordé, nuevamente, a mi maestra de matemáticas de 2º y me di cuenta que, además, hay que ser indiferente. No me tiene que importar lo que esos chicos inadaptados, irrespetuosos, piensen de mí ni mucho menos saber si aprenden o no.


Voy, doy mi clase, el que escucha y aprende bien, los que se quieran matar a trompadas en el fondo del salón que se maten, a fin del trimestre les tomo evaluación, el que aprueba bien el que no se lleva la materia y yo me vuelvo todos los días a mi casa tranquilo, como si nada hubiera pasado.


Esa noche, me fui a dormir convencido de que para ejercer la docencia día a día y no morir en el intento hay que ser un hijo de puta totalmente indiferente. Esto es ese “algo” que a mí me falta, pensé.


***


El domingo me levanté muy temprano, sabiendo que en menos de veinticuatro horas tendría que definir si convertirme en un hijo de puta indiferente o empezar a estudiar una carrera de verdad, como quería mi padre.


Mientras tomaba mi café evaluaba a que otra cosa podría dedicarme. Consideré alrededor de ciento cuarenta profesiones y asumí, rápidamente, que no era apto para ninguna. Entonces, recaí en la docencia. Y me sentí un inútil, porque tampoco servía para eso. Aunque todavía me quedaba la posibilidad de ser un hijo de puta impasible ahí y con esa firme convicción llegue al final del día.


Antes de acostarme, esa noche, decidí leer algún libro para despejar la mente. Mientras buscaba entre los estantes de mi biblioteca leí al pasar “El primer hombre”, Albert Camus y como quien dice “se me cayó la estantería”, toda esa teoría que había elaborado cuidadosamente el fin de semana se desmoronó con tan solo leer ese título. 


Ahí, en esas páginas casi sagradas, estaba ese “algo” que yo intentaba descubrir y que Camus lo resumió en una sola oración al describir a su maestro:


“Con el señor Bernard era siempre interesante por la sencilla razón de que él amaba apasionadamente su trabajo”


Eso es lo que tienen los verdaderos docentes, un amor infinito por la misión que cumplen, peregrinamente, día tras día. No se trata de terror ni de indiferencia se trata de amor.


Entonces, todo pareció volver a tener sentido para mí. Me di cuenta, de inmediato, que el miedo me había paralizado, que me llené de dudas, de incertidumbres, de inseguridades, de un pesimismo que no me dejaba recordar por qué estaba yo en realidad en esa aula, con esos chicos. Me había olvidado que amaba enseñar.


Entendí por qué no podía imaginarme ejerciendo una profesión de verdad. Sencillamente, porque ésta es mi verdadera vocación.  


Nadie me dijo que iba a ser fácil, creo que incluso me advirtieron que podía ser arduo y fatigoso, pero no quise escuchar porque mi voz interior hablaba más alto, me vociferaba al odio cuál era mi destino y nada ni nadie, ni siquiera el temible D’Ambrosio podrían hacerme desistir.


Comprendí que solo haciendo lo que se ama se puede lograr algo, tal vez no de inmediato, tal vez cueste mucho más de lo que se puede haber imaginado, tal vez los logros no sean totalmente los que esperábamos, pero sé que tengo en mis manos la posibilidad de intentarlo.


Ésta era mi convicción, inalterable, tres horas antes de dar esa respuesta que, evidentemente, no cambiaría el curso de mi vida.  Me bañé y me afeité con tiempo. Me puse el saco y el pantalón de vestir que compré con mi primer sueldo. Respiré aliviado y salí hacia la calle tarareando, bajito, la última estrofa de la canción de Serrat.




“Pelea por lo que quieres y no desesperes si algo no anda bien. Hoy puede ser un gran día y mañana también”.


***


 ALUMNA: María Virginia Murchio  

Me fui a mi casa y la cabeza me daba vueltas. Por mi mente y por qué no por todos mis sentidos pasaban las imágenes cotidianas de estos últimos tres meses. ¡Qué experiencia! ¿A todos los docentes que pasaron por esta escuela, les habrá pasado lo mismo?


    Pero bueno, esta era lamentablemente mi realidad y debía decidirme. Sabía que no podía hablar con mi padre porque él no me entendería.


    Volví a representarme en mi mente la escuela, los alumnos y algunos profesores como Felisa. ¡Qué mujer, qué carácter!, no volaba ni una mosca en sus horas. Sin embargo, no podía ni un poquito seguir sus consejos. Ella estaba convencida de lo que me decía y de lo que hacía (lo vi con mis propios ojos) ¿Servía? ¿Para qué? Seguramente la respuesta, para ella, será positiva: entra, da la clase, la escuchan pero… ¿aprenden? ¿Se entienden con ella? ¿Hay un intercambio? ¿Existe una relación humana de manera tal que el aprendizaje se produzca? Claro, ella me respondería pero y vos qué lograste con tu forma de ser, con tus intentos de dar clase y…






    Justo en ese momento apareció mi padre en la habitación y me dijo con una voz seca y casi carcelaria - : ¿Y vos, te pensás que la vida es tan fácil? ¿Creés que solamente hay un momento para disfrutar? No querido “profesor”; en la vida hay un tiempo para hacer lo que te gusta, lo que querés y lo que debés. Este último, al final y al comienzo es el que prevalece. Así que te quiero al lado mío y para que continúes lo que, con mucho esfuerzo, logré. Así que a trabajar. Mientras él hablaba mi corazón latía a mil, no le dije nada de la propuesta que me habían realizado.

    Pasaron unos días y tuve la suerte de encontrarme con un compañero de la secundaria. Era el mejor del curso.

- ¡Hola, Juan! ¿Qué hacés de tu vida? Seguro que…

- No estés tan seguro. Te acordás que era un genio en Matemática, participaba en las olimpíadas organizadas por la escuela y siempre sacaba el mejor puntaje.

- ¡Sí, eras un genio! Todos te envidiaban. No había con qué darte. Los profesores vivían hablando de vos. ¡Ojalá yo pudiera decir lo mismo de mí!

- Esperá, dejáme hablar a mí. Todos esos recuerdos que tenés, fueron así, pero ahora mi realidad es diferente. Este genio se anotó en la Facultad de Ingeniería Química y… soy un fracaso. No me preguntes qué me pasa porque yo tampoco lo sé. Rendí  Matemática para el ingreso y…

-  Sí, ya sé te fue de 10.

-  No, ya reprobé tres veces. 

   Miré a mi compañero con compasión, hasta diría con tristeza, y con un estilo que yo desconocía en mí y le dije:

-   Bueno, pero podés hacer otra cosa, vos…

- ¡Qué! ¿Hacer otra cosa?, ni loco. Yo sé que voy a poder, no me voy a dejar vencer. Sí, me voy a conseguir un trabajo; no quiero que mis viejos me tengan que bancar hasta que yo logre mi objetivo. ¿Y vos?

    Confieso que me puse un poco nervioso y aduciendo que se me hacía tarde, le dije que estaba estudiando el Profesorado de Inglés y que me estaba yendo bien. Nos despedimos y me encaminé hacia mi casa pensando ¡qué desafío el de Juan!

    Cuando llegué a mi hogar, me esperaba mi padre que, como siempre, comenzó a repetir “no quiero vagos, que solamente estudien, así que…”. Hoy sería la última vez que lo escuchaba.

- ¡Papá, tenés razón, mediodía voy a trabajar con vos y terminaré mi carrera, después veremos! ¿Qué te parece?

    No hubo respuestas, mi padre se fue a su negocio y… lo de siempre: ¡a trabajar!

    Luego me dirigí hasta la escuela, golpeé la puerta de la dirección y esperé.

- ¡Hola Marcelo! ¿Qué tal? ¿Qué decidiste? - me preguntó la directora en tono amable pero a la vez preocupado.

-  Voy a continuar con el reemplazo.

    Sabía que de lo que estaba seguro era que quería enseñar. Me faltaba mucho para “ser docente” pero…bueno, en ese poco tiempo que me tocó compartir con otros profesores vi de todo y que cada uno de ellos hacía lo que podía, o no; lo que le parecía justo y…así daban clase. ¿Por qué, entonces, yo no iba a pode hacerlo? Estaba convencido de lo que quería y si pude en su momento hacérselo saber a  mi padre que, con tanta firmeza me menospreciaba, cómo no iba a poder frente a un grupo de adolescentes que como la palabra lo dice “se revelan frente a todo y a todos”. Ellos buscan de una manera o de muchas, los límites que le permitan encausar y lograr, con los años, los objetivos que se proponen.

    Sé que no va a ser una tarea fácil pero, bueno, voy a tratar de ser yo mismo, pararme frente a mis alumnos y poder ser Marcelo Acosta, el que se permite reírse ante una situación graciosa y el que se pone totalmente serio cuando esta no lo es, el que va a tratar de entender y ayudar a cada uno de sus alumnos, el que va a conocer no solo sus nombres sino también sus necesidades e intereses, el que va a respetarlos y va a exigir de la otra parte también lo mismo. Para lograr esto estableceré las pautas que sean necesarias, ya veré cuáles y cómo, según se desarrollen las clases para que los alumnos lleguen a lo que fehacientemente me propongo, que aprendan…

Le cambiaría el título ¡Hoy puede ser un gran día! por ¡Hoy puede comenzar un gran día!



ALUMNA: MARÍA FLORENCIA FIGUEROA

Esa noche no pude dormir. Eran permanentes las idas y venidas entre las distintas opciones que tenía. El café ayudo a apaciguar las aguas, hasta que no se en que momento logré dormirme.

Sonó el despertador. Era la hora de prepararme para un nuevo día de trabajo, pero que a diferencia de otros anteriores, tenía que llevar en el maletín la decisión a la que había llegado.

En el camino, traté de no pensar. Ya sabía lo que debía decir, y no tenía que permitirme de ninguna manera seguir vacilando acerca de lo que implicaría lo que había decidido.

Llegué al colegio. Luego del saludo inicial, me dirigí al aula. Al entrar sucedió lo de siempre. Me dediqué a hacer lo que hice los últimos días…

Al terminar la hora que daba comienzo al recreo largo, como nunca, acomodé mis cosas con toda la paciencia que aprendí a cultivar en estos últimos meses.

A paso lento, pero lo mas firma posible, caminé hacia la sala de profesores. Necesitaba tomar un café, respirar aire puro y hablar con la directora sobre la propuesta que me hizo el día anterior.

No la encontré apenas llegué, aunque debo confesar que tampoco la busqué. Pude lavar mi taza, y cuando mire el reloj de la sala para saber cuanto restaba para que finalice el recreo, escuché que me llamaba desde la puerta haciendo movimientos con la cabeza para encontrarme entre el resto de los docentes allí presentes.

Sin dar muestras de que los nervios habían empezado a tener control sobre mis piernas, y gran parte de mi cuerpo, junté mis cosas y me encaminé hacia la Dirección.

Allí muy amablemente me estaba esperando ella, y antes de poder comenzar a hablar sobre lo que nos reunía, me aclaró que la preceptora se quedaría con los chicos mientras nosotros manteníamos esa reunión.

No podía emitir palabra alguna, solo un gesto vago con la cabeza expresó mi aprobación sobre lo que me acababa de decir.

Evidentemente ella esperaba que el primer paso lo diera yo, por lo que respire profundo y traté de olvidar todo lo que me atormentaba.

-          En primer lugar quiero agradecerle por tenerme en cuenta para remplazar a la profesora Carrillo, durante su ausencia por cuestiones de salud. Para mi es un continuo aprendizaje, un desafío poder mirar el año próximo con una propuesta tan tentadora para cualquiera de nosotros, jóvenes docentes en proceso…

-          Me parece perfecto, esa es la actitud Marcelo.- interrumpió la Directora, intentando por todos sus medios persuadirme para que la charla no solo sea corta, sino que cumpla con lo que ella esperaba de mi.

-Sí, lo se. Sin embargo, usted sabe que mi carrera no está terminada aún, y creo que no sería justo para los alumnos tenerme todo un año como su profesor, cuando en realidad las practicas y dos materias me separan del título. Y, sin ofenderla ni con la intención de que piense mal sobre mi accionar, es una meta que tengo pendiente y no quiero postergarla mucho tiempo más…

-          Comprendo lo que quiere decirme, sin embargo, creo que como usted dijo el secreto de la tarea docente es ir aprendiendo de todo lo que hace a la práctica docente.  Y nosotros reconocemos el sacrificio que implica la responsabilidad de estar frente al aula aun siendo estudiante, y en tu caso, sin haber realizado las prácticas docentes. Pero nosotros estamos dispuestos a ayudarte, a asistirte en todo lo que sea necesario para que no descuides ninguna de estas responsabilidades que te competen. Además, si tu preocupación se orienta por el lado del tiempo para estudio y demás, da por sentado que al estar blanqueado te corresponde una licencia que, al ser tu derecho, nosotros no podemos quitarte…

Dudando de lo que realmente quería y qué es lo que debía hacer, creo que estuve unos segundos. Era una decisión mas que importante, trascendental para mi carrera docente. Sonaba muy lindo todo lo que me decía la directora con el afán de obtener un sí como respuesta por parte mía, pero en carne propia sabía que las cosas no eran como las había imaginado en un principio, ni que contaría con todo ese apoyo del cual ella me hablaba.

-¿Entiende lo que quiero decirle Marcelo? – me dijo mirándome fijamente con ese tono un tanto burlón que usan las maestras en la primaria para dar por cerrado algo y que los alumnos respondan afirmativamente.

- Sí, lo entiendo perfectamente- respondí sabiendo que era un tanto hipócrita, ya que me sumaba a su discurso idealista y algo falso sobre el quehacer docente.

-Marcelo, nosotros sabemos que usted es un joven al que capacidad le sobra y que su elección por la docencia se funda en la profunda vocación que nos moviliza a los docentes a intentarlo permanentemente… Sabemos que se requiere mucho esfuerzo, pero nosotros confiamos en usted, lo necesitamos realmente…

Por un momento sentí que lo que había comenzado como un dialogo en el que habría un tire y afloje continuo se iba convirtiendo en una súplica intensa… y yo no podía dejar de sentirme movido por las últimas palabras de la señora directora… 

-          Usted Marcelo, superó el gran reto de permanecer en el aula de 4º A. Es el primero de unos cuantos docentes, y ya recibidos, que asumen el reto y desafío de estar frente al aula. ¡Usted llegó a noviembre! Y por más que sienta que ha sido en vano, algo sembró, pudo dejar, transmitirle aunque sea lo mínimo, a esos alumnos a los que la mayoría de los docentes no tiene en cuenta…

Al oír esas palabras, me salió inconscientemente pensar en vos alta expresando todo o por lo menos una parte de lo que sentí en este tiempo, sin importarme si estaba demás hacerlo.

-Pero… pero mis esfuerzos se convirtieron en mínimos en estos últimos meses cuando vi que nada les interesaba, que nada surgía resultado de lo que les proponía… Cumpliendo con lo que me proponía aunque sea para escucharme yo mismo…¿Realmente cree que soy capaz de hacerlo?

-No lo creo, -dijo la directora con tono seguro- lo se. Si hay algo que necesitamos los docentes para poder enfrentar el aula de hoy no es solo conocimiento o pasión, sino una permanente responsabilidad con la vocación, una cuota importante de creatividad, pero siempre y ante todo una profunda actitud de perseverancia permanente… ¿Acaso piensa que no nos tocó estar en su lugar? ¡Si supiera  nuestros primeros pasos en la docencia! Esto es un camino, y no vale detenerse, es seguir a contra corriente…y lamentablemente no hay recetas… La experiencia es lo que te va fortaleciendo, y si la sabes utilizar como herramienta, no va a existir cansancio alguno que te desanime o te frene…

Quedé sin palabras, atónito porque no podía creer lo que había escuchado. Realmente tenía razón con todo lo que me había dicho. Era un nuevo desafío, pero ahora con muchas herramientas más para emplear en la práctica y organizar en el tiempo del receso.

-¿Entonces Marcelo? Te tengo en el plantel docente durante el ciclo lectivo del próximo año?  – me preguntó animada.

No lo dude dos veces y sin nervios de por medio, extendí mi mano para tomar la suya y le di mi sí para esta nueva empresa que me esperaba para el próximo año.














 

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