La sociedad de los poetas muertos

La sociedad de los poetas muertos

jueves, 2 de agosto de 2012

FINAL DE CUENTO...PARCIAL: ALUMNOS DEL PROF. DE FILOSOFÍA

ALUMNA: MELISA IVANA SINCOVICH



-¿Puedo contestar la semana que viene? - le dije. Y ante su respuesta positiva, cerré la puerta del aula, y salí de la escuela con la decisión de caminar para aclarar un poco todo lo que en forma de torbellino se presentaba en mi cabeza.


Entre un si y un no que no tenían fundamento alguno todavía, mis oídos volvieron la atención ante el hermoso repicar de las campanas de la iglesia cercana. No dudé, y fui hasta allí, en donde pensé que podía encontrar alguna señal salvadora.


Entre y me senté frente al sagrario, esperando como un milagro, una respuesta ante tanta intranquilidad. En mi interior afloraba incesantemente mi petición: - ¡Dame una señal Señor!


En ese momento, al levantar mi mirada, vi merodear un vagabundo que me desconcentró, ya que cada vez se acercaba más hacia mí. Levanté mi mirada nuevamente, y parado frente a mí, extendió su mano y me entregó una oración a cambio de unas monedas. Acepte su propuesta, y después de que se retirara rápidamente, comencé a leer la oración: 


No te rindas…


Cuando las cosas vayan mal como a veces pasa.
Cuando el camino parezca cuesta arriba.
Cuando tus recursos mengüen y tus deudas suban,
y al querer sonreír, tal vez suspiras.
Cuando tus preocupaciones te tengan agobiado,
descansa si te urge, pero no te rindas.
La vida es rara con sus vueltas y tumbos
como todos muchas veces comprobamos.
Y muchos fracasos suelen acontecer
aún pudiendo vencer de haber perseverado.
Así es que no te rindas aunque el paso sea lento.
El triunfo puede estar a la vuelta de la esquina.
El triunfo es el fracaso al revés;
es el matiz plateado de esa nube incierta
que no te deja ver su cercanía...
aún estando bien cerca.
Por eso, decídete a luchar sin duda,
porque en verdad, cuando todo empeora,
el que es valiente, no se rinde, ¡lucha!





Sin pensarlo, encontré en ella el amparo que necesita. Lentamente el torbellino desaparecía, como si nada hasta ahora me hubiera preocupado.


Dando gracias, me retiré y fui hasta mi casa, donde nuevamente encuentro a mi padre detrás del mostrador. Como si fuese mágico, él se acerco y apretó mi hombro, como si supiera por lo que estaba pasando.


Decidí ir a mi cuarto y descansar. Luego de un fin de semana de lectura, compras y reuniones familiares, llego el domingo. Esta vez ya no era como antes, ya no me sentía deprimido al saber que el año siguiente, volvería a ver a mis alumnos al día siguiente.


El lunes con mi decisión enteramente tomada, me levanté temprano, me puse  pantalón, saco y corbata nueva, y fui a la escuela.


Si bien sabía que no tendría que dar clases porque la cursada había terminado, quería darle mi respuesta a la directora ya que me había comprometido en dársela esta semana.


Entre a la dirección y me encontré con ella.


- ¡Buen día!- le dije.


- ¡Buenos días profesor Acosta!, me imagino que está aquí por su prometida respuesta- respondió.


- Si, si, es por eso que estoy aquí.


- Lo escucho- dijo, dejando de lado las cosas que estaba haciendo y levantando su mirada por completo hacia mis ojos.


- ¡Acepto su propuesta!- respondí con tono muy confiado.


- ¡Me alegro! Yo sabía que no podía rechazar la oferta. Igualmente… ¿Por qué decidió quedarse?- preguntó con una sonrisa picarona.


-Por una sola razón: No se equivoca el hombre que ensaya distintos caminos para alcanzar sus metas; se equivoca aquel que, por temor a equivocarse, nunca acciona.



FIN


ALUMNO: LUCAS BARCO









--¿Puedo contestar la semana que viene?—le dije.
--Por supuesto, el lunes me lo comunicas—dijo
Fueron días de extrema reflexión, pero decidí darme otra oportunidad e intentarlo de nuevo.
Cuando el lunes llego a la escuela, me sorprende el portero.
--Marcelo, la directora y la vice te están buscando, necesitan hablar con vos y en este momento se encuentran en la dirección. —
--bueno ya me acerco--, le conteste.
Al entrar estaban las dos sentadas con un montón de papeles y la directora me dice.
--Profesor, tengo noticias para usted—
--Si, dígame—conteste.
--Felicia renuncio a las horas de 5to, si vos aceptas esas horas son tuyas--.
En ese momento, el mundo se detuvo, reflexione unos dos segundos y me di cuenta que tendría el curso de D´Ambrosio otra vez. Una sensación de escalofrío se apodero de mi cuerpo. De pronto, escucho una vos, que me devuelve a la situación.
--¿Marcelo estas bien?, era Delia, la vicedirectora.
--Sí, contesté--, tratando de disimular mí asombro.
--No tenés tiempo de pensarlo tanto, hay muchos profesores de inglés que quieren esas horas—retrucó Delia.
Estos momentos límites, de decisiones complejas que generan incertidumbre, las personas se apoyan en su historia, en seres queridos, conocidos o que ha leído. Y esto es lo que me pasó aquel lunes por la mañana. Sólo se  me vinieron palabras de mi abuelo, donde él nombraba las vueltas de la vida y la necesidad de revancha ante un fracaso y es allí donde encontré inspiración y donde apoyarme para empezar a construir.
--Sí, acepto--, le dije.
Luego salgo de la oficina y me encuentro con el profesor de matemática que caminaba apurado y me dice:
--¿Cómo estás Marcelo?
--Bien, ¿vos?—contesté.
--Bien, pero te dejo porque tengo examen con los chicos de cuarto que se llevaron la materia--, mientras caminaba.
--¿Quién se la llevó?--, grité levemente por el pasillo mientras se alejaba.
--D´Ambrosio y su falange—me contesto,riéndose.
Me di cuenta que era mi oportunidad de hablar con esos chicos a solas, esperé a que terminen su examen y cuando el profesor de matemática se retiró entré al aula. No sabía que me esperaba, pero sí sabía que necesitaba conocerlos. Fui determinante al ingresar.
--Chicos, necesito hablar con ustedes--, afirmé.
--¿Qué queres saber Pomel?--, contestó D´Ambrosio, con su ironía característica para que los demás, festejen su ocurrencia.
--Quiero saber de ustedes, qué piensan y cómo se sienten en la escuela--, retruqué contundentemente, tomé una silla y me senté con ellos.
Y esto sí que los sorprendió a los cinco, incluso a D´Ambrosio que parecía no entender nada, uno de sus enemigos sentado adelante preguntándole como se sentía, uno de sus enemigos que esta vez quería dialogar y no imponer. Esto fue totalmente desconcertante para ellos y su reacción sorprendente para mí, ya que sus caras empezaban a alejarse del odio y la distancia entre ellos y yo empezaba a acortarse.
Al principio eran cortantes con las respuestas. Pero  con el pasar de los minutos se soltaron y empezaron a contar cosas que yo no podía entender, por ejemploel de matemática seguía con el mismo modelo didáctico de cuando estudiaba yo:
--“Señores yo ya expliqué, si ustedes no entendieron es problema suyo”--.
El de castellano empezaba el año con el lema que lo hizo famoso:
--“Conmigo casi todo el mundo se va a examen”--.
D´Ambrosio hizo referencia a la indiferencia de la directora para con los alumnos, es decir, las mismas cosas que veíamos cuando estudiábamos nosotros, pero con la diferencia de que los chicos en la actualidad reaccionan diferente.
Después de aproximadamente cuarenta minutos de charla con los alumnos decidí que era momento de terminar el encuentro, no podía creer lo que me estaba pasando, estaba dialogando con los chicos en forma natural, riéndome con ellos, escuchándolos, a los alumnos que por poco me hacen dejar mi vocación de lado.
--Chicos, vamos a retirarnos porque nos van a cerrar la escuela—les dije.
--Sí, profe, vamos, lo último que quisiera sería quedarme encerrado
en la escuela—dijo D´Ambrosio, con su ironía inherente a él.
Cuando nos retiramos les di la noticia.
--El año que viene soy su profesor de inglés—afirmé.
--Mejor, así zafamos de Felicia, la loca—respondió D´Ambrosio.
Y para que mi día sea perfecto sólo faltaba escuchar.
--Profe, deme sus direcciones de redes sociales para seguir comunicados—dijo uno de los chicos.
Salí de la escuela, al borde de las lágrimas, llegué a mi casa y sólo pude llorar. Empecé a darme cuenta que no me había equivocado con la elección de la mejor carrera de todas, la docencia.
Más allá de lo que digan todos, incluso mi padre, ser docente es lo máximo.
Mi corta experiencia me mostraba que la educación bien usada era la mejor manera de cambiarle la vida a las personas.
En este momento este grupo está en quinto año, creamos un Facebook para todo el curso, donde ellos exponen sus inquietudes, pensamientos, dificultados, no sólo de lo cátedra en inglés, sino de su vida.
Lejos de ser alumnos ideales, en mi cátedra mejoraron, no pretendo que sean todos profesores de inglés, sólo aspiro a que sean mejores personas y que el paso por la escuela no les sea indiferente.

ALUMNA: MELISA TACCA
Recomenzar.

            Tenía una semana para tomar una decisión a partir de ese fatal jueves.
            Durante el fin de semana mi cabeza era un torbellino, me sentía al borde del colapso nervioso, no sabía que hacer, por un lado sentía que no quería saber nada, no quería otro año como el que viví, y por otro me sentía un cobarde por bajar los brazos.
Estaba seguro que quería enseñar inglés, ya no dudaba de ello, porque más lo pensaba y más me convencía de que era así, pero ya no estaba seguro de querer enseñar en ese curso. Tal vez me faltaba experiencia, o quizás en el profesorado no nos habían preparado para la resignación, creo que todos éramos muy duchos en materia de enseñanza y ser docente, pero poco importaba si eras de inglés de otra lengua. Puede que no hayamos tenido verdaderas experiencias en las escuelas y a la hora de estar en una escuela que no eran de las que se nos proponía, la realidad era diferente.
            Cuando menos lo esperaba era miércoles, mañana tendría que decidir si seguir o abandonar, y aún no sabía que hacer…
            Traté de pasar el tiempo, pero no podía, necesitaba hacer algo que me distrajese, y entonces decidí ir al instituto a ver cuando eran las mesas de exámenes del segundo turno.
            Mientras entraba al instituto me topé con el profesor Gálvez, mi profesor de gramática 4.
-          ¡Buen día Marcelo!
-          Buen día Bernardo, ¿cómo le va?
-          Muy bien gracias. Por las dudas le pregunto: ¿a usted le quedan muchas materias para recibirse?
-          No, Señor. Sólo me quedan dos.
-          Me parece muy bueno, y dígame ¿está trabajando o está buscando trabajo?
            No sabía que decir, si le decía que trabajaba en una escuela era probable que me preguntara cómo me estaba yendo y no quería mentir acerca de cómo realmente me iba.           Al no saber que responder me encogí de hombros y miré hacia otro lado dispuesto a cambiar la conversación.
-          Bien, bueno me parece que usted no está en nada, así que si quiere le tengo una oferta.
-          ¿Sobre qué? – me atreví a preguntar.
-          Usted sabrá que yo trabajo además de aquí en una academia particular de inglés, y estaba necesitando profesores, a raíz de que se abrirán  cursos nuevos para chicos menores de entre 6 y 12 años. ¿le interesaría Acosta?
-          Yo… la verdad es que me parece sumamente tentadora su oferta, y me gustaría trabajar.
-          Entonces no lo dude tanto hombre, acepte y listo.
-          Me dejaría pensarlo por unos días, le prometo que para el viernes le contestaría.
-          Está bien, espero su respuesta. Hágamela llegar por algún medio.
-          Sí, Señor.
            No podía creer la oferta que caía en mis manos, sentí dentro de mí que no todo estaba perdido, que se abría ante mí un nuevo horizonte, diferente del que había vivido hasta ahora, y mi corazón se llenaba de ilusión como cuando me había llamado para reemplazante.
            Decidí inscribirme a las materias, sabía que podía rendirlas bien, y eso me haría tener el título de profesor para entrar de lleno en la academia.
            Volví a mi casa, y la alegría inmensa que sentía se desvaneció en un instante viéndolo una vez más a mi papá, y pensando lo que me diría acerca de abandonar en la escuela.
            Pronto lo saqué de mis pensamientos, y recostado en la cama me debatía sobre qué decisión tomaría, mañana era el día que debía contestar en la escuela y el viernes al profesor.
            Sabía que un “no” a la escuela era huir de todo. Era salir por la puerta chica y saber que no olvidaría nunca ese fracaso. Y decir que “sí”, significaba volver a estar frente a ese grupo que para mí era una tortura lenta y tortuosa.
            Y por otro lado veía una buena oportunidad de comenzar de nuevo, de empezar en otro ámbito con otras edades, muy distinto a la realidad que me tocaba vivir. Con los más chicos no es fácil, uno tiene que tener otra didáctica, otra manera de enseñar, muy distinta a la del secundario, pero valía la pena arriesgarse.
            Pensando en todo esto me quedé dormido.
            A la mañana me vestí como cada jueves para ir a la escuela, cada paso era más lento y más pesado, nunca quise tanto no llegar a la escuela. Pero terminé por poner un pie delante de otro y traspasé las puertas que separan la calle de la escuela.
            Me dirigí al despacho de la directora, ésta estaba esperándome.
-          ¡Buen día profesor!
-          ¡Buen día Directora!
-          Y, profesor Acosta, dígame que decisión tomó – mientras decía esto, revolvía  sus papeles casi sin prestarme atención, como si yo no estuviese allí.
-          Sí, Señora, he tomado una decisión, y la respuesta a si tomo el reemplazo para el año que viene es “no”.
            Ni se inmutó apenas levantó la mirada para mirarme y sin decir nada volvió a sus papeles. Y yo no sabiendo que hacer, me levanté y me dirigí a la puerta, la abría y antes de retirarme saludé:
-          ¡Hasta luego Directora!
            Y no hubo respuesta de la otra parte. Me quedé estupefacto, una cosa era el abandono de las autoridades a la hora de infringir una cierta sanción, pero otra era el ser totalmente indiferente a los problemas que se tienen en el establecimiento. Ahora estaba seguro de la decisión que había tomado, sabía que no quería seguir trabajando allí.
            El resto de la mañana fue como todos los jueves, la misma aula, los mismos alumnos, allí también estaba D’Ambrosio que me miraba expectante, como si ya supiese que no volvería. Sin más rodeo, di mi clase como si nada, y antes de que toque el timbre, di por finalizadas las clases, y fui el primero en retirarme, quería salir corriendo de ese infierno para no volver nunca más.
            En cuanto llegué a mi casa, me senté y lloré, no porque dejaba la escuela, sino por el fracaso que era como profesor, porque no supe como resolver las cosas, porque nadie me enseño las herramientas para estos casos. Tenía una basta experiencia con el profesorado, casi no tuvimos contacto con alumnos y más que inglés, nos enseñaron cómo teníamos que ser como docentes y de que forma es mejor pararse como docente si un docente así u otro modelo, pero dejaron de lado tantas otras cosas que ahora veía que faltó. Había olvidado cómo enseñar inglés, de qué forma se hace más interesante aprender un idioma, había olvidado que era profesor de inglés y no sólo profesor.
            Y eso ahora lo notaba, fue la mejor decisión para mí el dejar la escuela, me daba cuenta que aún no estaba listo para ello. Necesitaba ganar experiencia antes de volver a pisar una escuela, y estaba seguro que en la academia lo lograría.
            Encendí la computadora y abrí mi e-mail, tenía un correo del Profesor Gálvez remitiéndome una vez más su oferta de trabajo pero agregando que no enseñaría a los niños, sino a jóvenes de 15 años. Sin dudarlo le respondí que aceptaba trabajar en la academia. Volvería a empezar, tal vez de manera distinta, quizás parándome diferente, o puede que estudiando con más ahínco mi especialización. No sabía que me reparaba este nuevo lugar, pero de algo estaba seguro: mi futuro tomaba un tinte distinto, y era hora de Recomenzar una vez más.
ALUMNA: ANA BELÉN GUTIERREZ


A.    Título: Docencia, ¿una cuestión de actitud?





B.           Y los días empezaron a correr, el ofrecimiento de la directora me seguía a donde iba, al igual que la incertidumbre que se había depositado en mí.

 Me di cuenta de la gran crisis vocacional en la cual me encontraba, una y otra vez me preguntaba ¿qué debía hacer?, ¿por qué mis docentes no me formaron para enseñar en la realidad?, ¿cómo enfrentarme a mi mismo y a las circunstancias que me rodean?, en los textos no encontraba respuesta alguna.

Todo lo que había planificado como estudiante, para mi vida, en un par de meses se derrumbo, me encontraba completamente sumido en un caos interior, ¿qué debo hacer? era una pregunta más que concurrente en mí. Me senté y empecé a hacer un listado con los pros y los contras de afrontar el ofrecimiento, para decepción mía ¡los contra eran mayoría!

Decidí hablar con mi prima para que me aconseje.

_ Acepta Marcelo, aprovecha la ocasión para ir creciendo en tu profesión, para fortalecerte, no dejes que el caos te agobie.

_ ¡Pero no es lo que esperaba, no le dan importancia ni a las clases, ni a mi! No es para lo que me estaba formando.

_ No te sientas mal, todos pasamos por ese momento, sufrimos una crisis, un derrumbe y desesperación, para volver más armados a la próxima experiencia, es sólo cuestión de tiempo, de ganar más terreno en la cancha. Que te sirva esto para ver las falacias que ocurren en la educación y las utopías que la formación te da como verdades.

Pase un tiempo a solas, pensando las palabras de mi prima, y un nuevo interrogante surgió; ¿qué es lo que quiero ser?, la respuesta vino de forma inmediata ¡Quiero ser docente!, aunque el caos empiece a formar parte de mí, a pesar de la mala experiencia no puedo tirar tantos años de estudios, poco a poco tengo que ir construyendo y reconstruyéndome, no sé si seré un gran docente pero en el intento no me puedo quedar.

No podía creer que esas palabras surjan de mí después de tanta incertidumbre, del caos asfixiante en el que me encontré, sin perder tiempo y para no dejar que la duda regrese decidí llamar a la directora y aceptar su propuesta.

Después de todo iba a ser una nueva experiencia, ya tenía conocimiento de las cosas que podían ocurrir, me di cuenta de que no poseo todo el saber y en ocasiones es mejor reconocerlo que querer pasar por sabio, que la formación me forma hasta cierto punto luego tengo que seguir sólo, y lo mejor de todo que D’Ambrosio iba a estar en la clase de 5°. 











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