La sociedad de los poetas muertos

La sociedad de los poetas muertos

lunes, 3 de noviembre de 2014

Texto para el Informe Final II



Educación: La comunicación de sí mismo,
es decir, del modo en que uno se relaciona con la realidad
Julián Carrón, Encuentro con educadores, Octubre 2007 - Fragmentos
El desafío actual
Todos coincidimos en que hoy nos encontramos ante una situación que, sintéticamente, podríamos definir como de “emergencia educativa”. Desde el Papa Benedicto XVI hasta la UNESCO – por citar dos voces relevantes – todos concuerdan en que nos hallamos realmente ante una emergencia, porque se constata cuánto le cuesta a nuestra sociedad – nuestra sociedad somos nosotros, son ustedes los educadores, son los padres – transmitir razones para vivir, es decir, introducir verdaderamente en la realidad a todos los nuevos miembros de nuestro pueblo.
¿Cuáles son – por decirlo de modo sintético – los signos inequívocos de esta emergencia?
Por lo que respecta a los estudiantes, describiría su situación actual con una palabra: desinterés. Los profesores no tienen delante jóvenes que quieran aprender y estén dispuestos a estudiar, en definitiva, chicos que tengan interés  por lo que se les enseña. La primera preocupación de cualquier profesor debe ser, por tanto, la de despertar el interés por lo que enseña. Hoy no podemos dar por supuesto que existe un sujeto que quiera aprender. Podemos ser profesores geniales, disponibles a enseñar todos nuestros conocimientos, pero el problema es que los estudiantes carecen del deseo de aprender.
Entonces, ¿cómo despertar en ellos el interés? ¿Cómo generar el sujeto que quiere aprender? ¿De qué modo relacionarnos con los chicos – sean nuestros estudiantes o nuestros hijos – y plantear la asignatura de manera que comience un proceso que les permita introducirse en la realidad? La consecuencia de este desinterés que les impide tomar iniciativa y poner en juego sus capacidades, es la pasividad. Vemos a muchos chicos apáticos en las escuelas o en otros ámbitos… Pero nosotros los adultos muchas veces no somos distintos. Por lo que respecta a los educadores, en muchos casos se manifiesta el cansancio y la soledad ante los retos de la enseñanza.
Después de varios intentos, ¿qué hace uno? Se comporta como los estudiantes: se resigna a aguantar las horas de clase y el peso mismo de la vida. ¡Imagínense qué interés puede despertar en los chicos un profesor así! Este desinterés por la realidad, que inexorablemente conduce a la pasividad, nos hace comprender la naturaleza de la crisis actual: no se trata de un problema que afecta sólo a las aulas, se trata de una crisis de lo humano. Lo que se refleja en la pasividad de muchos jóvenes, incapaces casi de interesarse por algo duradero; y en el cansancio, la soledad y el escepticismo de muchos adultos, que no encuentran un interés por el que valga la pena verdaderamente implicar hasta el fondo la propia humanidad. Por esta razón, tampoco logran implicar a los jóvenes, despertar en ellos el interés por lo que tienen delante. Como dice Pegüy: “Las crisis de la enseñanza no son crisis de enseñanza, son crisis de vida”.
La situación en la que vivimos supone un desafío, en primer lugar, para nosotros. Muchos intentos de afrontarlo han fracasado. Hay quien dice: “Ya que no logramos suscitar interés, al menos fijemos reglas para que el río no se nos desborde; apelemos a las fuerzas morales de las personas, de los chicos”, pero todos sabemos que esto no sirve para encender el interés. El que nos veamos obligados a apelar insistentemente a esta suerte de moralismo extrínseco, es ya señal de una derrota.
La primera cuestión es si nosotros estamos dispuestos a mirar a la cara esta situación, a tomar en serio este desafío, a medirnos con la realidad tal como es, o preferimos buscar una solución para salir del paso. En la situación de hoy, ¿existe algo capaz de mover al hombre desde el centro de su yo?
La realidad es lo que despierta el interés. Pero a un niño – por ejemplo -, no le basta tener delante un juguete para interesarse y continuar interesándose. No basta que le expliquemos las dimensiones y el mecanismo del juguete, las instrucciones en inglés; si no comprende cuál es el sentido de ese juguete, con el tiempo lo abandonará a una esquina de su habitación, porque al niño no le bastan explicaciones secundarias, datos parciales. Frente a la realidad, la razón es exigencia de totalidad, de significado exhaustivo. No existe explicación adecuada del juguete sin un hipótesis de significado total. Por  esto, educar es introducir a la realidad entera. Lo que sucede con el juguete sucede con todo: ante la dureza del trabajo, ante la persona amada o al contemplar una puesta de sol, no podemos evitar que, en un momento determinado, aparezca la pregunta: “Pero, ¿qué sentido tiene?”
Si es así de fácil que la realidad despierte nuestro interés, entonces ¿por qué reina este desinterés? Como afirma la ya conocida María Zambrano, existe justamente porque “lo que está en crisis (…) es ese misterioso nexo que une nuestro ser con la realidad, algo tan profundo y fundamental que es nuestro íntimo sustento”. La realidad es lo que sustenta el vivir, resulta necesaria par vivir el día a día y afrontar cualquier situación. La realidad sustenta el interés del chico y nuestro interés, hasta el punto de que cuando uno no siente interés por nada, la vida se le vuelve un aburrimiento total. Si está en crisis el nexo con la realidad, no sólo con un aspecto particular, podemos darnos cuenta rápidamente cuál es el alcance de la crisis: no afecta sólo a un particular u otro, afecta a la misma relación con la realidad.
¿Qué significa que está en crisis el nexo con la realidad? No significa que este nexo haya dejado de existir. No podemos evitar la relación con la realidad. Estamos siempre en relación con ella. No existe un hombre o un chico en este mundo para el cual la realidad no suscite ninguna clase de preguntas.
No existe nada, ningún poder de este mundo que pueda parar la dinámica que nace por el impacto que la realidad produce en el yo y que despierta continuamente una pregunta.. No existe poder alguno que pueda evitar que el cielo estrellado abra la pregunta sobre el sentido. Y lo que sucede con las estrellas, sucede con el trabajo, el afecto, el tiempo, con todo; la realidad vuelve a despertar las preguntas existenciales, incluso en una situación como la actual: ¿tiene sentido seguir trabajando, después de diez o veinte años de enseñanza, con todo el caos y las dificultades que existen hoy en la escuela? Es como si el Misterio no nos consistiera abandonar y continuara llamando a nuestras puertas, volviendo a despertar la exigencia de significado. ¡Ningún poder puede detenerlo, ninguna situación puede acallarlo! Por ello, que esté en crisis el nexo con la realidad no quiere decir que no continúe sucediendo su llamada: es imposible que no suceda. El deseo de hallar una respuesta que dé sentido al instante que vivimos se enciende continuamente, en cualquier circunstancia, no sólo en las favorables, sino también en las que al principio resultan contradictorias: ¿qué sentido tiene trabajar como profesores en esta situación? Este deseo es el principal recurso de cualquier esfuerzo educativo, porque estimula la curiosidad y las preguntas sobre todas las cuestiones de la vida. Por esto, a la pregunta de si en esta situación es posible educar, hay que responder rápidamente que sí, porque este deseo se despierta continuamente.
Entonces, ¿cuál es el problema de nuestro nexo con la realidad? Ante el deseo de significado, ante las preguntas que la realidad despierta, nosotros sucumbimos a una posibilidad permanente del alma humana, una triste posibilidad de falta de compromiso auténtico, de interés y de curiosidad por la realidad en su totalidad.
Las preguntas son inevitables, el deseo de encontrar una respuesta no se puede esquivar, pero podemos no tomarlo en consideración, abandonar las preguntas y bloquear esta curiosidad. La libertad entra en juego y, en lugar de secundar la curiosidad y el interés que la realidad suscita, los bloquea. Y cuando sucumbimos a esta triste posibilidad del alma humana de falta de compromiso con la realidad, ¿qué sucede? Que no llegamos a descubrir su significado y, sin reconocer su significado, la realidad no interesa. Si un niño no sabe cómo usar un juguete, rápidamente lo abandono porque no sabe qué hacer con él.
Por esto, la incapacidad de introducir en la totalidad de la realidad no es independiente –como a menudo creemos- de nuestra relación con la realidad: sin percibir el significado, la realidad antes o después deja de interesarnos y también  nosotros en la escuela, igual que los chicos, podemos acabar siendo pasivos. Este es el origen de aquel desinterés que desemboca en el aburrimiento, porque nada sabe despertar interés al margen del sentido. Pensamos que la realidad puede seguir atrayendo aunque no reconozcamos su significado. Porque pensamos: el significado es un añadido del que podemos prescindir; tenemos que explicar al chico la física, la química, pero no es necesario darle un significado. Pensamos que se puede reducir la educación a la transmisión de conocimientos, de datos; pero esto sigue sin bastar a los chicos para interesarse por lo que tienen delante. Y, sin despertar el interés, el deseo decae y aparece aquel nihilismo que hace tiempo Augusto Del Noce definía en estos términos: “el nihilismo al uso, hoy, es un nihilismo festivo, sin inquietud. Se suprime el deseo, pero no porque la realidad no lo avive constantemente, sino porque, si no encuentra una respuesta a la exigencia de significado total que nos define, el deseo se vacía, y como el niño ante el juguete, se extingue. Pero esto depende de una decisión que nosotros hemos tomado, de una falta de compromiso, de una inmoralidad última respecto a la exigencia de significado que nos constituye.
Pero, ¡atención! Nos encontramos ante una pregunta para la cual no sirve cualquier respuesta. Esta es la mentira del relativismo. Sabemos que es mentira, porque no todas las respuestas corresponden a la exigencia que expresa la pregunta por el sentido. No vale cualquier respuesta para dar sentido al trabajo cotidiano, al dolor, a cómo vivir las circunstancias de forma que no terminen siendo una tumba para nosotros. El problema de la educación es si nosotros tenemos una respuesta a esta urgencia de significado par vivir, hasta el punto de poderla comunicar viviendo. No es un problema de los chicos, es un problema de los adultos, es un problema nuestro. Solamente si nosotros, los adultos, asumimos este compromiso con la realidad entera, podremos comunicar un sentido. Yo me alegro que esto sea así, porque no hay ninguna madriguera donde esconderse, ninguna circunstancia que nos ahorre este compromiso. ¡No pensemos salir adelante con instrucciones para el uso, con recetas prefabricadas! Esta es la gracia de estar con niños, con jóvenes: que no podemos conformarnos con una respuesta cualquiera. Lo delatan la pasividad y el cansancio.
Por esto necesitamos mirar a la cara esta situación. ¿Queremos afrontarla o nos contentamos con hacer iniciativas añadidas a la vida real y a sus problemas? En este contexto, ¿existe alguna esperanza capaz de mover lo más íntimo del hombre? Es lo que preguntaba al comienzo: ¿cómo podemos ser una presencia entre los chicos? ¿Cómo puedo decir: “yo estoy” en la realidad con todo lo que soy: con los chicos, en la escuela, an

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